ESCUELA DE PADRES/MADRES SESIÓN Nº 24 |
| TEMA : COMUNICACIÓN (4) - LOS JUEGOS EN LA PAREJA |
| OBJETIVOS : |
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| METODOLOGÍA : |
(El texto de García Márquez se puede utilizar como introducción) 1º.- Exposición del monitor/a con el material de "Seis enfados entre un hombre y una mujer" ( Tiempo. 30 ) 2º.- En grupos de 4 personas,
( Tiempo: 40 ) 3º.- Puesta en común de las diversas frases.
( Tiempo: 20 ) |
| Bibliografía : |
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TERAPIA FAMILIAR Y LITERATURA |
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"...los primeros 30 años de vida en común estuvieron a punto de acabarse porque un día cualquiera no hubo jabón en el cuarto de baño (1). Empezó con la simplicidad de rutina (2). El doctor Juvenal Urbino había regresado al dormitorio, en los tiempos en que todavía se bañaba sin ayuda, y empezó a vestirse sin encender la luz. Ella estaba como siempre a esa hora en su tibio estado fetal, los ojos cerrados, la respiración tenue, y ese brazo de danza sagrada sobre la cabeza (3). Pero estaba a medio sueño, como siempre, y él lo sabía. Al cabo de un largo rumor de almidones de linos en la oscuridad, el doctor Urbino habló consigo mismo (4): - Hace como una semana que me estoy bañando sin jabón- dijo. Y entonces ella acabó de despertar, recordó, y se revolvió de rabia contra el mundo, porque en efecto había olvidado reponer el jabón en el baño (5). Había notado la falta tres días antes, cuando ya estaba debajo de la regadera y pensó reponerlo después, pero después lo olvidó hasta el día siguiente. Al tercer día le había ocurrido lo mismo. En realidad no había transcurrido una semana, como él decía para agravarle la culpa, pero sí tres días imperdonables, y la furia de sentirse sorprendida en falta acabó de sacarla de quicio. Como siempre, se defendió atacando (6): - Pues yo me he bañado todos estos días gritó fuera de sí- y siempre ha habido jabón (7). Aunque él conocía de sobra sus métodos de guerra (8), esa vez no pudo soportarlo. Se fue a vivir con cualquier pretexto profesional en los cuartos de internos del Hospital de la Misericordia, y sólo aparecía en la casa para cambiarse de ropa al atardecer antes de las consultas a domicilio. Ella se iba para la cocina cuando lo oía llegar, fingiendo hacer cualquier cosa, y allí permanecía hasta sentir en la calle los pasos de los caballos del coche (9). Cada vez que trataron de resolver la discordia en los tres meses siguientes, lo único que lograron fue atizarla (10). El no estaba dispuesto a volver mientras ella no admitiera que no había jabón en el baño, y ella no estaba dispuesta a recibirlo mientras él no reconociera haber mentido a conciencia para atormentarla (11). El incidente, por supuesto, les dio oportunidad de evocar otros, muchos otros pleitos minúsculos de otros tantos amaneceres turbios. Unos resentimientos revolvieron otros, abrieron cicatrices antiguas, las volvieron heridas nuevas (12), y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal (13) no habían hecho mucho más que pastorear rencores (14). El llegó a proponer que se sometieran juntos a una confesión abierta, con el señor arzobispo si era preciso, para que fuera Dios quien decidiera como árbitro final si había o no había jabón en la jabonera del baño (15). Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico: - ¡A la mierda el señor arzobispo! El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil desmentir, y quedó incorporado al habla popular con aires de zarzuela: "¡A la mierda el señor arzobispo!" (16). Conscientes de que habían rebasado la línea, ella se anticipó a la reacción que esperaba del esposo, y lo amenazó con mudarse sola a la antigua casa de su padre (17), que todavía era suya, aunque estaba alquilada para oficinas públicas. No era una bravata: quería irse de veras, sin importarle el escándalo social, y el marido se dio cuenta a tiempo (18). El no tuvo valor para desafiar sus prejuicios: cedió. No en el sentido de admitir que había jabón en el baño, pues habría sido un agravio a la verdad (19), sino en el de seguir viviendo en la misma casa, pero en cuartos separados (20), y sin dirigirse la palabra. Así comían, sorteando la situación con tanta destreza que se mandaban recados con los hijos de un lado al otro de la mesa, sin que éstos se dieran cuenta de que no se hablaban (21). Como en el estudio no había baño, la fórmula resolvió el conflicto de los ruidos matinales, porque él entraba a bañarse después de haber preparado la clase, y tomaba precauciones reales para no despertar a la esposa (22). Muchas veces coincidían y se turnaban para cepillarse los dientes antes de dormir. Al cabo de cuatro meses, él se acostó a leer en la cama matrimonial mientras ella salía del baño, como ocurría a menudo, y se quedó dormido. Ella se acostó a su lado con bastante descuido para que despertara y se fuera (23). Él despertó a medias, en efecto, pero en vez de levantarse apagó la veladora y se acomodó en su almohada (24). Ella lo sacudió por el hombro para recordarle que debía irse al estudio, pero él se sentía tan bien otra vez en la cama de plumas de los bisabuelos, que prefirió capitular: - Déjame aquí -dijo-. Si había jabón. |
AUTOR Y OBRA: GARCÍA MARQUEZ, G.: "El amor en los tiempos del cólera" Edit. Bruguera. Barcelona. 1ª ed. Páginas 50-52. SELECCIÓN Y COMENTARIOS de... José Antonio Ríos González (Madrid) |
| NOTAS A PIE DE PÁGINA: |
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PALABRAS CLAVES que se relacionan con el tema del texto. |
Conflictos en la pareja. Cómo se construye un conflicto marital. La escalada en un conflicto. |
SELECCIÓN Y COMENTARIOS de... |
José Antonio Ríos González (Madrid) |
SEIS ENFADOS ENTRE UN HOMBRE Y UNA MUJER |
Enfadar nos enfadamos todos casi todos los días. Lo grave es cuando este enfado es provocado; esto es, cuando buscamos situaciones que sirvan de pretexto para manifestar nuestro enfado. Que un hombre diga a una mujer: "¿sabes dónde dejé las llaves del coche?" no es necesariamente una situación de enfado; pero la mujer, por ejemplo puede aprovechar la situación para descargar un estado afectivo y demostrarle a él que "es un desordenado", "no se fija en las cosas", "tiene ella que arreglarlo todo a última hora", "nunca llega a tiempo a casa", etc. Al revés, que una mujer diga a un hombre: "¿qué alfombra compramos?", no es precisamente una situación de enfado, pero el hombre, cansado de andar tanto por las tiendas y de otras cosas en que la mujer lleva siempre la batuta, puede responde: "¿para qué voy a opinar? Total, vas a hacer lo que a ti te gusta..." Estos dos casos pueden introducirnos en el tema "6 enfados entre un hombre y una mujer". Tienen sólo importancia cuando son indicativos de una situación tensa interior. Da lo mismo que se trate de las llaves de un coche o de la elección de una alfombra. Pero el hombre o la mujer lo van a aprovechar para descarga de una situación afectiva tensa. Así, la mujer que es tratada por el marido como un "niño", buscará ocasiones continuas para liberarse de ese papel (o se someterá por completo), dando lugar a un matrimonio un tanto desigual. El marido que se siente "manipulado" por la mujer buscará por su parte situaciones o casos para desahogar su situación inferiorizante. Se trata, pues, de un análisis de 6 situaciones que puedan reflejar que, en el fondo, uno de los dos -o los dos- se siente mal en la relación con el otro y va a aprovechar cualquier circunstancia, por mínima que sea, para demostrarlo. |
| LA PERSONA, UN SER EN RELACIÓN CON LOS DEMAS |
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La "P" indicaría al padre, "formado con todos los mensajes y experiencias vividas con nuestro padre y madre reales, con nuestros maestros, y, en general, con todas las figuras que suponen autoridad, moral, tradición, respetabilidad, responsabilidad, culpabilidad, etc.". La "N" nos indicaría por su parte al niño que llevamos dentro: "nuestra propia vida, nuestros deseos, nuestros instintos, nuestra creatividad, nuestro egoísmo, nuestra terquedad, nuestras ganas de juerga...". Y la "A" de adulto, que intenta poner sensatez y reflexión en la lucha permanente de P-N. Es algo así como la conciencia, la toma de decisiones, la conciliación, el mostrarse razonable en esta guerra de todos los días. Pues bien. Todo esto se complica cuando de la guerra personal que llevamos dentro pasamos a relacionarnos con las demás personas y nuestro PAN se enfrenta al PAN de los demás. A veces, muchas, se compensa. Por eso también las personas llegan a quererse, a complementarse. Otras veces, se complica al querer trasladar nuestra guerra interior al mundo de los demás. Así, por ejemplo, una persona que tenga mucho padre dentro es posible que intente acallar no sólo a su niño, sino al de cuantas personas se le acerquen. Por ello, del estado afectivo que cada persona viva (más o menos P-A-N9 depende en gran parte su relación con los demás. Lo cual, en un principio, puede que no se note tanto; pero luego, los años de matrimonio pueden sacarlo afuera, tipificarlo y mantener una lucha, indicativa de que en el hombre o en la mujer alguna de estas tres fuerzas no anda bien. Entonces, cualquier pretexto vale (una alfombra, unas llaves) para sacar a reducirlo. |
| ¿CUÁNDO HAY ENFADO? |
Hay enfado siempre que a la acción (estímulo) de una de las dos personas suceda una reacción (respuesta) "cruzada". Y no hay enfado siempre que a una acción suceda una reacción "paralela". Así, por ejemplo (ver esquema) :A la acción AA sucede una reacción AA. Y a la acción NN sucede una reacción NN. No hay enfado. La respuesta es paralela. "¿Le compramos los zapatos a Arturo?" (AA). "Naturalmente. Buena falta le hacen" (AA). Ambas personas se muestran razonables y al estímulo sigue una respuesta en paralelo. Lo mismo sucedería en un ejemplo NN-NN: ¿Nos compramos otro helado?" (NN). "¡Fenómeno!" (NN). Qué pasaría si a la frase "le compramos unos zapatos a Arturo" (AA) le sucediese una respuesta "¿otro modelito? Oye, el niño no es un escaparate" (PN). Ahí, la respuesta no va de AA, sino que es como una advertencia, una llamada de atención, una pequeña reprimenda en la que el padre riñe al niño de la otra persona. Considera como un capricho de niño el comprarle unos nuevos zapatos a Arturo. A esto se le llama una respuesta cruzada y son las que originan nuestros enfados. |
| CRUZADA 1: AA-NP |
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La mujer, parece, está tomando el papel de padre, sometiendo los gustos e ideas del marido a sus propias normas y valores. El podría arreglar la situación con una respuesta paralela AA: "pues mira, una que venga bien allí y te guste, que tú entiendes mejor cuál dará más resultado, etc.". Pero no. Aprovecha la ocasión para revelar una situación inferiorizante que viene padeciendo, al menos, en este campo doméstico de elección de compras para casa: "¿Por qué me preguntas? Total, vas a elegir tú..." Probablemente, sigue un enfado: Ella se encapricha diciendo por qué esa respuesta. El se calla y traga o va respondiendo con ironía. El hecho es que la alfombra, comprada o no, va a ser símbolo de una actitud interior: a él no le gusta el papel que le toca representar en todo esto. Quizá se siente inferiorizado. Y, una de dos, o esa situación de fondo se aclara o van a seguir berrinches siempre que aparezcan alfombras por medio (o algo parecido). A él no le gusta el "P" de ella que le mantiene como un "N" sometido a sus gustos y decisiones. |
| CRUZADA 2: AA-NP |
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Dicho de otro modo: Había acabado la fiesta de una boda, donde él tomó tres copas y media y anduvo de aquí para allá, a pesar de tanta insistencia por parte de ella para volver a casa. Porque era ya tarde y llovía. Pero él prefirió dar todavía una vuelta a la sala y despedirse de quien él sabe y a ella no le interesa. Ella salió poco a poco y esperó a la altura del aparcamiento del coche. Con una paraguas, protegiendo su abrigo de estreno. Pasaron diez minutos. Ella sola. El vino apresurado. Quiso abrir, pero no encontró las llaves. Entonces, con la mayor razón que le fue posible (A), preguntó: "Oye, perdona, ¿dónde dejaría mis llaves?" Ella bien veía que, en su precipitación había olvidado la gabardina (donde estaban las llaves). Pero, en vez de escoger esa respuesta (A), prefirió aprovechar la ocasión para echarle su reprimenda hacia una manía que él tiene de andarse dando vueltas y despidiéndose de quien él sabe y a ella no le gusta: "Me alegro. Tanto hacerte el simpático con todo el mundo, que te olvidas de las cosas (léase "ella") importantes." ("P" riñe a "N"). Otro ejemplo, pues, de cruzada que podría resolverse fácilmente con una respuesta AA paralela: "Mira, las dejaste en la gabardina". Pero ella prefirió castigarle, convirtiéndose en PN. |
CRUZADA 3: PN-PN |
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La "cruzada" en la que "P" de ambos quiere someter al "N" del contrario es de lo más peligrosa. Quiere decir que, en el fondo, existe un conflicto permanente de valores y ambos quieren imponer su ley y su norma. Si esto es frecuente, la relación es difícil y se hace tensa en cada momento. No hablamos, por supuesto, de la lucha diaria en la que ciertas diferencias son incluso enriquecedoras, sino de cuando la guerra es clara: el mundo de valores es adverso y contradictorio. Cualquier situación podrá revelarlo inmediatamente. Los "pantalones" es lo de menos. Todo un símbolo. Hacía frío. Pero él no iba a pisar la calle. Estaría todo el día en la oficina en mangas de camisa. Eso a ella no le entra. Para eso se los ha comprado de franela. Pero él no se los pone. Al fin, ya le harta y acomete: "¿Quién eres tú...?" Pasa, como se dice, a la ofensa personal. Para quien le oiga por vez primera no deja de ser un asunto trivial. Para quien sepa que escenas como éstas se repiten continuamente, puede suponer que, en el fondo, hay una lucha por saber "quién manda en casa" y quién impone la ley. |
| CRUZADA 4: NP-NP |
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Vamos a aclararnos: Ni ella ni él encuentran habitualmente en casa eso que se llama "acogida", que es también función de "P". Quisieran seguir siendo como unos "N" y seguir siendo toda la vida protegidos y estimados. Ella fue única, aunque tuvo otros hermanos. Siempre muy guapa y muy querida y muy alabada. El, de algún modo, un galán clásico. Siempre aplaudido. Ahora resulta que ella, después de algún mes de matrimonio, no ve en él a alguien que la proteja, que le mime ("N" desea un "P"). El tampoco ve en ella a alguien que le cuide (desearía un "P" permanente para su "N"). Entonces, ambos comienzan a añorar a algún "P" fuera de casa. Ella, en su infancia y en su vida de soltera. El, con sus amigos, que le llaman siempre y con quienes se encuentra acogido. Vuelta a lo mismo: No importa que cada uno de ellos tenga un apoyo o "P" suplementario, circunstancia. Pero aquí ha fallado lo fundamental: uno, egoístamente, exige al otro lo que el otro también le pide. Ambos quieren ser "N" y tener al otro de "P". Es una situación infantil de ambos. El matrimonio es tachado de ligero, caprichoso, poco serio y maduro, rompiendo cada día. Y qué lástima, eran tan guapos los dos... |
CRUZADA 5: NP-AA |
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El "cruce" es sutil. El quería ser escuchado, protegido, ayudado. Tiene un problema. Pero no se atreve a decirlo. Y lanza una frase indicativa: "No me pongas (de "N" a "P") nada. No tengo ganas de cenar". Es cierto quizá que no quiere cenar; pero, en el fondo, ése es un pretexto para que ella se compadezca de él y le cuide. Algo le va mal en su vida. El esperaba una respuesta "en paralelo" NP. Pero ella hoy no está fina no está sensible y se le escapa el problema. Y reacciona como un adulto: "Comer a contragusto no es bueno" (AA). Le ha cruzado la respuesta. Y el problema ha quedado oculto. El no cena (o lo hace luego atropelladamente y a escondidas). Pero se ha cortado la vía de una estupenda comunicación, de algo que él quería compartir y en lo que desearía ser protegido. Lo mismo. Si esto es un par de veces no pasa nada. Pero mantener siempre esa postura adulta ("si tiene algo que me lo diga claramente") es ignorar la necesidad que el hombre tiene de ser protegido y de decir las cosas poco a poco e indirectamente, sin tener que reconocer un fallo en su vida de un modo directo. A alguien se lo irá luego a contar o de algún modo se desahogará. Para su interior quedará pensando: "ésta, ni las huele; no tiene sensibilidad". Una pena. Con lo fácil que es. |
| CRUZADA 6: PN-AA |
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Ella, con un poco de remordimiento por sus salidas parroquiales tan frecuentes, quiere ganarle al "N" de su marido: "cena en el horno, zumo en la nevera, hijos que ya no le den la lata...". Pero él no se deja sobornar, aunque acepte el premio. Reacciona entonces como adulto y le hace reflexionar a su mujer: AA. Esto le deja a ella "planchada" de verdad. Por algo le remordía su manera continua de actuar. Es una situación muy común. Para que él o ella no chille, se le soborna premiando a su "N". Pero, a veces, alguno de los dos reacciona llamando serenamente la atención. Esta respuesta "cruzada" indica que las cosas no marchan razonablemente: un buen signo de ello aparece cuando se dan frecuentemente "premios sospechosos" que más parecen justificar algo que un acto de amor entre ambos. |
| Bibliografía: |
Berne, E.: Los juegos en que participamos. Ed. Grijalbo. Berne, E.: Análisis transaccional en psicoterapia. Ed. Grijalbo. Berne, E.: ¿Qué dice usted después de decir hola? Ed. Grijalbo. Harris, T.: Yo estoy bien, tú estás bien. Ed. Grijalbo. |
TERAPIA FAMILIAR Y LITERATURA |
TEXTO SELECCIONADO: GARCÍA MARQUEZ, G.: "El amor en los tiempos del cólera" Edit. Bruguera. Barcelona. 1ª ed. Páginas 50-52. "...los primeros 30 años de vida en común estuvieron a punto de acabarse porque un día cualquiera no hubo jabón en el cuarto de baño Empezó con la simplicidad de rutina El doctor Juvenal Urbino había regresado al dormitorio, en los tiempos en que todavía se bañaba sin ayuda, y empezó a vestirse sin encender la luz. Ella estaba como siempre a esa hora en su tibio estado fetal, los ojos cerrados, la respiración tenue, y ese brazo de danza sagrada sobre la cabeza Pero estaba a medio sueño, como siempre, y él lo sabía. Al cabo de un largo rato, el doctor Urbino habló consigo mismo : - Hace como una semana que me estoy bañando sin jabón- dijo. Y entonces ella acabó de despertar, recordó, y se revolvió de rabia contra el mundo, porque en efecto había olvidado reponer el jabón en el baño . Había notado la falta tres días antes, cuando ya estaba debajo de la regadera y pensó reponerlo después, pero después lo olvidó hasta el día siguiente. Al tercer día le había ocurrido lo mismo. En realidad no había transcurrido una semana, como él decía para agravarle la culpa, pero sí tres días imperdonables, y la furia de sentirse sorprendida en falta acabó de sacarla de quicio. Como siempre, se defendió atacando : - Pues yo me he bañado todos estos días gritó fuera de sí- y siempre ha habido jabón . Aunque él conocía de sobra sus métodos de guerra , esa vez no pudo soportarlo. Se fue a vivir con cualquier pretexto profesional en los cuartos de internos del Hospital de la Misericordia, y sólo aparecía en la casa para cambiarse de ropa al atardecer antes de las consultas a domicilio. Ella se iba para la cocina cuando lo oía llegar, fingiendo hacer cualquier cosa, y allí permanecía hasta sentir en la calle los pasos de los caballos del coche . Cada vez que trataron de resolver la discordia en los tres meses siguientes, lo único que lograron fue atizarla. El no estaba dispuesto a volver mientras ella no admitiera que no había jabón en el baño, y ella no estaba dispuesta a recibirlo mientras él no reconociera haber mentido a conciencia para atormentarla . El incidente, por supuesto, les dio oportunidad de evocar otros, muchos otros pleitos minúsculos de otros tantos amaneceres turbios. Unos resentimientos revolvieron otros, abrieron cicatrices antiguas, las volvieron heridas nuevas, y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores. El llegó a proponer que se sometieran juntos a una confesión abierta, con el señor arzobispo si era preciso, para que fuera Dios quien decidiera como árbitro final si había o no había jabón en la jabonera del baño. Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico: - ¡A la mierda el señor arzobispo! El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil desmentir, y quedó incorporado al habla popular. Conscientes de que habían rebasado la línea, ella se anticipó a la reacción que esperaba del esposo, y lo amenazó con mudarse sola a la antigua casa de su padre, que todavía era suya, aunque estaba alquilada para oficinas públicas. No era una bravata: quería irse de veras, sin importarle el escándalo social, y el marido se dio cuenta a tiempo. El no tuvo valor para desafiar sus prejuicios: cedió. No en el sentido de admitir que había jabón en el baño, pues habría sido un agravio a la verdad , sino en el de seguir viviendo en la misma casa, pero en cuartos separados, y sin dirigirse la palabra. Así comían, sorteando la situación con tanta destreza que se mandaban recados con los hijos de un lado al otro de la mesa, sin que éstos se dieran cuenta de que no se hablaban . Como en el estudio no había baño, la fórmula resolvió el conflicto de los ruidos matinales, porque él entraba a bañarse después de haber preparado la clase, y tomaba precauciones reales para no despertar a la esposa. Muchas veces coincidían y se turnaban para cepillarse los dientes antes de dormir. Al cabo de cuatro meses, él se acostó a leer en la cama matrimonial mientras ella salía del baño, como ocurría a menudo, y se quedó dormido. Ella se acostó a su lado con bastante descuido para que despertara y se fuera . Él despertó a medias, en efecto, pero en vez de levantarse apagó la veladora y se acomodó en su almohada . Ella lo sacudió por el hombre para recordarle que debía irse al estudio, pero él se sentía tan bien otra vez en la cama de plumas de los bisabuelos, que prefirió capitular: - Déjame aquí -dijo-. Si había jabón. |
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